La Abolición de la joyería

Eréndira Derbez
Universidad Iberoamericana, México

Publicado en la Revista Nierika
Derbez, Eréndira. “La abolición de la joyería”. Nierika, junio de 2020. pp-183-187 http://revistas.ibero.mx/arte/uploads/volumenes/17/pdf/Nierika_17_revista_de_arte_ibero_Virreinato_revisitado_enero_junio_2020-light.pdf.


Cuando cumplí 7 años mi vecino Óscar, a quien recuerdo como un pianista
de pelo blanco,1
le dio a mi madre un dije de perla. Le dijo que era de la
suya y que ahora me lo daba a mí, ya que no iba a tener hijas. Lo conservo
como el único objeto que prevalece de mi infancia, rara vez me lo quito. Me
gusta cómo se ve sobre mi pecho y me gusta recordar que ese fue el último
cumpleaños que pasé en la ciudad minera de Zacatecas, donde había vivido
desde los dos años; me atrae su brillo y todos los colores que refleja.
Obviamente no soy la única persona que usa joyas: la historia de la humanidad va acompañada de la joyería desde hace milenios en sus distintas
latitudes. Se conocen ornamentos mesopotámicos áureos y piezas egipcias
con piedras preciosas de hace miles de años. Al parecer hay una necesidad
a lo largo de distintas épocas y sociedades de decorar nuestros cuerpos
y con ello demostrar cierto estatus. En mi pecho cuelga un trozo de plata,

resultado de la manipulación de un mineral que corresponde a un tiempo
geológico muy lejano al nuestro, a los humanos. Ni yo, ni quien portó el oro
en Mesopotamia correspondemos a ese tiempo, cuyo producto nos parece
tan atractivo.
Las joyas tienen una función performativa que distingue género y también
estrato socioeconómico. Brillan y en ese reflejo se esconde algo más bien
opaco: el uso de los cuerpos, ya que alguien arriesga —a veces la vida—
al adentrarse en una mina para obtener oro, plata, platino o diamantes.
Alguien aguanta la respiración para sumergirse en búsqueda de esferas
brillantes, como las mujeres en Japón que van por las perlas ama, o como
Kino, el pescador de La Paz, Baja California protagonista de la novela La
perla, de John Steinbeck (1947).
La exposición Mazatlanica2
de Fritzia Irízar (Culiacán, 1977) indaga sobre el
papel de las joyas y la obtención de los insumos para hacerlas. La sala del
Museo Universitario de Arte Contemporáneo recuerda a una kunstkammer:
con lentes, moluscos, animales traídos de distintas regiones, mecanismos,
objetos de oro y piedras preciosas de repente resulta —por la arquitectura
de la sala y por las decisiones curatoriales— sobrecargada. A su vez, al igual
que una colección real, establece una profunda relación entre arte y ciencia —esa estrecha cercanía entre experimento, proceso artístico y método
científico—: cuando a un molusco, sobre todo los bívalos —que son los que
tienen caparazón con dos valvas, dos conchas— le entra una partícula extraña, esta es cubierta, a modo de protección, por cristales de carbonato de
calcio (CaCO3) y una proteína llamada conquiolina. Varios años después, y
con varias capas protectoras, resulta una perla.
La artista altera este proceso y crea su propio injerto, una escultura formada en una ostra recubierta con pequeñísimos pedazos de plástico. Estos
plásticos fueron insertados con la colaboración de biólogos para manipular
procesos naturales y con ello crear una escultura que es visible a través de

una lente. Se hiere al animal, se expone su cadáver y los asistentes en la
sala apreciamos con interés el cúmulo de nácar.
Las perlas brillan, las joyas brillan ¿es eso lo que las hace atractivas?
Brillan tanto como el oro, un material “precioso” que resiste el paso del
tiempo. Sin embargo, es un brillo cruel: la perla colgante de mi cuello
significa mucho más que un momento dulce durante mi infancia. Mi perla
también es el sufrimiento de un animal, el sufrimiento del anónimo que
la recolectó del mar a inicios del siglo xx y del anónimo que recolectó la
plata para montarla.
Hay un segundo injerto en la exposición que se documenta en un video. Una
perla es colocada, tras una pequeña cirugía, en un cuerpo humano. Se abre
la carne con un bisturí, se cierra la herida y cicatriza. La perla ha perdido
todo el brillo ante nuestros ojos porque está escondida bajo la piel. ¿Si se
esconde una joya pierde su valor? probablemente no, pero sin duda, el valor
de una joya “se activa” cuando se muestra. Para la creación de esta pieza
también se usa el cuerpo de una persona como espacio de experimentación.
Probablemente, a diferencia de un niño en Zimbabwe, que arriesga su vida
por un diamante, la integridad de quien encarna la joya no está en riesgo.
La artista se pregunta en sus piezas por el valor de los objetos, el lujo de
aquello que guardamos y coleccionamos. Las curadoras —Helena Chávez Mc Gregor y Virginia Roy— pareciera que nos quieren advertir desde
el primer momento que esta exposición es cruda, ya que el espacio nos
recibe con un máakech, esos escarabajos cubiertos de oro y piedras preciosas, que no disimulan la crueldad. Es una joya tradicional yucateca
que tiene la desgracia de estar viva y al ser exhibida en el Museo, tiene la
desgracia de ser una obra de arte. La misma institución se ve obligada a
poner una leyenda debajo de la cédula: “este animal está bajo el cuidado
según indicaciones de la Facultad de Ciencias.” Quizás la cédula debería
decir también: “este animal carga en su espalda el peso de ser una joya
y una obra de arte”. Llama la atención que no causara el mismo revuelo
de otra joya que fue expuesta en el museo, el diamante creado con las

cenizas del cuerpo muerto del arquitecto Luis Barragán —en la exposición
de Jill Magid en 2017—, siendo que este es el cuerpo de un escarabajo
vivo… La moral es una cosa tan azarosa.
El lujo está en el sufrimiento: el más rico es el que puede hacer sufrir a
alguien más: pagar por la fuerza de su trabajo, por el valor del accionar
de su cuerpo. Por el despojo de otros pueblos: los proyectos extractivistas
son culpables de terribles crisis socioeconómicas en Latinoamérica, del
no-primer mundo en general. La joyería es cruel y algunos ejemplos lo
son más que otros: los diamantes, esos objetos que simbolizan la unión
en matrimonio bajo la lógica del amor romántico, también significan explotación, neoesclavitud y neocolonialismo. Quizás, junto con la abolición del
matrimonio sería pertinente exigir la abolición de la joyería. Y con ello yo
debería, como le suplica Juana a Kino durante la novela de Steinbeck, tirar
mi perla al mar o hacerla polvo golpeándola con dos rocas.
Fuentes consultadas
• Chávez Mac Gregor, Helena, Cuauhtémoc Medina, y Virginia Roy Luzarraga. Fritzia Irízar. Mazatlanica. México: MUAC-UNAM, 2019.
• Martínez Espinosa, Manuel Ignacio. “El extractivismo minero en América
Latina: planteamientos, paralelismos y presunciones desde el caso de
Guatemala”. Perfiles Latinoamericanos 27, 53 (2019).
• “Zimbabue: Poner fin a la represión en los campos de diamantes de
Marange”. Human Rights Watch (26 de junio de 2009). https://www.hrw.
org/es/news/2009/06/26/zimbabue-poner-fin-la-represion-en-los-campos-de-diamantes-de-marange (consultado en septiembre de 2019).


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