¿Maternidad feliz o una vida académica “exitosa”?

Academia y maternidad, otra discusión urgente

Publicado originalmente en Aristegui Noticias el 10 de marzo, 2020.

En la emisión de Aristegui En Vivo, del 17 de febrero, Denise Dresser habló del caso de Pedro Salmerón, un profesor de historia que ha sido acusado de acoso por sus ex alumnas del Instituto Tecnológico Autónomo de México. Al parecer, como lo explica Dresser, han sido varias y de distintas generaciones las mujeres que le han denunciado por este tipo de violencia.

La académica, además de enfrentar las acusaciones de calumnia por parte del profesor, hizo algo insólito: fue acompañada de alumnas de La Cuarta Ola, un grupo estudiantil feminista del ITAM que confirmaron al aire las quejas de acoso por parte de sus compañeras.

Si bien el acoso y el hostigamiento son prácticas lamentablemente comunes dentro de las universidades, estas parecerían ser un secreto a voces: no hay cifras, la mayoría de los casos no se denuncian ya que por la misma naturaleza del acoso, se mantienen en silencio: hay un fuerte miedo a la revictimización de quienes lo sufren, lo que provoca una sensación de constante peligro entre las alumnas: “no puedes estudiar con calma si sientes miedo, me explica una joven de 19 años.” Este tipo de violencias son de los primeros retos que enfrentamos las mujeres cuando somos estudiantes, no son retos intelectuales, sino de superviviencia: ser una buena alumna en un espacio donde alguien más considera que tiene el derecho a sexualizarte.

La experiencia formativa no puede continuar tratando a las mujeres como personas de segunda categoría, con hombres que explican cosas -a propósito del ensayo de Rebecca Solnit- y que interrumpen a las mujeres constantemente y demás machismos que deben de ser cuestionados y combatidos también en el salón de clases. Junto con ello los syllabus de las materias tienen que contar con autoras y no solo autores -que además son la mayoría europeos o estadounidenses-, porque la representación importa y las estudiantes también necesitamos referentes, sin distintas voces y enfoques es muy difícil construir conocimiento.

El acoso es un tema del que no hay que quitar el dedo del renglón, pero existe otra problemática estrechamente relacionada de la que hoy me interesa hablar ya que es sumamente invisibilizada: lo muy difícil que es ser madre y al mismo tiempo académica.

Yo no soy mamá, trabajo en un espacio universitario rodeada de ellas, de profesoras y secretarias comprometidas a las que veo pasar muy malos momentos por la incompatibilidad entre la vida profesional y personal, su experiencia me hace dudar sobre la posibilidad de embarazarme o adoptar en un futuro: pareciera que son dos caminos que se separan, o una maternidad feliz o una vida profesional “exitosa.” Platiqué con doce académicas de instituciones privadas y públicas en distintas partes del país:

La lactancia

Actualmente algunas universidades -como la Ibero o el CIDE- han abierto espacios destinados a la lactancia, sin embargo falta un gran camino por recorrer: una profesora de Aguascalientes me explica: “me seleccionaron para una coordinación y en ese momento amamantaba a mi hija, cuando mencioné que necesitaba extraerme la leche me dijeron que lo tenía que hacer en el baño, siempre y cuando no afectara mis actividades.” Otra profesora de la Ciudad de México recuerda su experiencia hace ocho años: un jefe me evaluó mal ese año y en un consejo académico justificó que era “porque me iba temprano para ir a lactar, aunque nunca falté, ni dejé las clases… de hecho me enteré de esto porque una profesora feminista le reclamó y me contaron. Pero nunca dejé de venir: es más, en mi oficina a veces cerraba la persiana y me extraía la leche.”

La bien conocida doble jornada y la desigualdad económica

La repartición de las tareas domésticas no es equitativa y esto no excluye a las académicas, las mujeres enfrentan doble jornada – 39 horas de trabajo de cuidados no remunerados en contraposición a las 12 horas que hacen los varones (INEGI, 2009)-. 

“O eres productiva o conservas tu cordura o tus relaciones familiares” me explica una microbióloga de un centro de investigación Conacyt: “como tuve a mi hija en el último año del doctorado mi regreso a la academia se postergó tres años, eso me afecta en el número de publicaciones y de acceso al SNI o a un postdoc, estaba muy desencantada pero mi esposo se hizo cargo de lo económico y yo pude acabar el grado”. El poder seguir estudiando también es un tema de clase: el dinero de las becas es insuficiente para alguien que tiene un hijo y depende del respaldo económico de su pareja, lo que cierra las posibilidades de las madres solteras y hace más grande la brecha de la presencia de mujeres en las ciencias. 

“Me encanta la ciencia, me hace feliz, pero yo decidí optar por el bienestar de mi hija” me explica una investigadora que encuentra difícil combinar las horas de laboratorio con las de crianza, otra más me dice también ha tenido que sacrificar cosas, como los viajes académicos o renovar y subir del SNI: “entre mis amigos jóvenes exitosos hay un patrón que se repite y es que tienen una pareja mujer que se ocupa de la crianza” me dice la madre de dos pequeños. Otra madre de adolescentes recuerda su experiencia hace casi dos décadas que sigue siendo parecida a la de hoy en su instituto: “no te paran el reloj cuando das a luz en una carrera por la definitividad, o eres mamá o consigues plaza.” 

Las cosas son muy difíciles cuando no tienes un respaldo, me explica una profesora que está enfrentado el desgastante proceso legal que es demandar a su ex esposo, un académico reconocido en el área de ciencia política, ella lucha por la pensión alimenticia de sus hijos pequeños: “tiene SNI, tiene propiedades, tiene plaza y yo no sé cómo voy a llegar a fin de mes.” Una secretaria de un departamento académico me cuenta lo mismo: es madre soltera y mantiene a su niño, solo tiene el apoyo de su madre, una señora octogenaria que vigila al chico cuando sale de la escuela. Además la movilidad es un tema problemático para ella: son dos horas de camino de su casa a la Universidad Iberoamericana: “mi hijo tiene una mamá que sale adelante, que le machetea, pero casi no puedo estar pendiente, tengo poco tiempo para él.” Agrega que para ella es importante que su hijo visite la universidad de vez en cuando: “para que sepa que con el estudio aquí puede llegar.”

La importancia de los horarios flexibles

Las profesoras valoran cuando sus jefas o jefes son comprensivos: poder faltar para citas médicas, actividades de sus escuelas, apoyo para pago de guarderías o de útiles escolares. Sobre todo las madres solteras: “a diferencia de donde trabajaba antes, aquí no tengo flexibilidad, no puedo hacer trabajo en casa y cuidar a mi niña cuando se enferma sin recibir quejas por parte de directivos o comentarios que me hacen sentir culpable por salir a cuidar a mi niña… no faltan las supuestas bromas en tono burlón, ¿y ahora de qué se enfermó tu hija?”

Otra profesora de Saltillo me explica: “salgo temprano y regreso tarde, solo veo al día despiertos a mis bebés como tres horas.” Varias coinciden al decirme que dependen del trabajo de cuidados de otras mujeres: las abuelas o las trabajadoras domésticas.

Otra característica común entre investigadoras y profesoras de distintas regiones es la sensación de necesitar probarse dos veces: “tienes que demostrar que eres buena académica y afuera que eres buena madre” porque siempre “ser mamá en términos sociales también tiene sus exigencias y al mismo tiempo en la universidad te dejan de ofrecer oportunidades porque dan por sentado que no vas a poder.” Otra académica señala: “no puedo aspirar a un sueldo mejor o un puesto mejor porque te dicen cosas como mejor es que estés para tus hijas o nunca falta el ella es mamá, no va a poder igual que el resto.” Varias de ellas coinciden con que hay una especie de penalización con ser madre, como lo describe una académica del CINVESTAV: “mis jefas, sobre todo han sido mujeres, me han negado la participación en proyectos que implican viajar asumiendo que no puedo hacerlo por ser madre, así a priori, antes de siquiera preguntarme si es posible para mí.”

Una académica del Instituto Mora me dice que para ella las cosas sí que han mejorado: con sus primeros hijos tenía que estar a fuerzas ocho horas en el escritorio, lo que complicaba recoger a los niños, pero ahora tienen mejores condiciones: “puedes ir a recogerlos e irte a casa y desde ahí trabajar, no importan las horas nalga sino los resultados, lo importante es producir y eso puede ser desde casa.”

Espacios infantiles seguros dentro de las universidades y la sensibilización de la comunidad universitaria 

Una renombrada académica me habla de la importancia de espacios infantiles, tanto para las profesoras como para el resto de las empleadas y las alumnas: en esta universidad se enseña educación, bien podría haber una guardería o una escuela, o al menos una biblioteca infantil donde los hijos pudieran hacer la tarea mientras damos clase por la tarde. 

No solo es importante la sensibilización de las autoridades, también de los estudiantes, como una profesora el Colmex apunta: “de mis compañeros siempre he sentido apoyo, pero de los alumnos no, un semestre tuve que mover el horario de dos sesiones y en mi evaluación se quejaron de que cambiara la clase por mi hija enferma.”

Otra profesora de la Ciudad de México coincide: en general cuando te enfermas pero también cuando estuve en embarazada fue lo mismo: bajan tus evaluaciones en los semestres que das a luz y las autoridades -todos varones- te reclaman sin entender lo que implica. Los periodos de maternidad además son muy cortos y que no se extiendan a la pareja. 

El acoso, también a profesoras

Por último, las profesoras no están exentas al acoso tal como el que denuncian las alumnas del ITAM: “cuando estaba lactando mis senos crecieron, recuerdo al entonces vicerrector de la universidad decirme que estaba muy sabrosa… siento asco de acordarme”, me confiesa otra en la Ciudad de México. Una más recuerda como una autoridad universitaria le pidió favores sexuales para subir de puesto, ella se negó y ahora lo evita en los pasillos.

Las universidades pretenden formar estudiantes que retribuyen a la sociedad, pero no pueden hacerlo de forma integral si ignoran las necesidades de las madres. El alto a la violencia machista de las universidades debe de ir acompañado no solo de protocolos contra el acoso, también de políticas institucionales para que las madres puedan desarrollarse y nosotras, las alumnas, podamos tener referentes de grandes académicas que también son mamás.

Al igual que las profesoras que defienden a sus alumnas, son justamente las académicas que están en un espacio más privilegiado que las otras aliadas importantes para dar esta batalla. 


A %d blogueros les gusta esto: